A: Julio César Banasco Rego.

“Discurso del Hacedor. Retorno a las Provincias del Arte.”

He vivido con cautela mi cuota de exageraciones. Sé que el hombre es falible y que la pasión es una condición obnubilante. He escrito y juzgado en serio con la frialdad con que el galeno se acerca al quirófano. Silencio contundente, quiero el silencio de la Bernarda, el mutis elemental del que se quita el prosono. Cuando un hombre como yo escribe, solo queda esperar a que revienten los tibios hormigueros. Tengo mal carácter, ese que provoca una acidez que aquí llaman heartburn y que termina en úlcera.

Desconfío de las improvisaciones, las teorías y las retóricas. Sé y no me pregunten como, porque dudo también de las inteligencias, que hay un espíritu de la creación que se mueve entre las sucesivas generaciones, como si el “pintor” transepocal se instalara para dar sombra sobre un cuerpo, una materia desechable y continuara desde ella su obra perfectible. Así, y no de otra forma, se explica la concurrencia.

Desde la “Gran Cena” (1986), obra monumental que era de por sí ella sola una exposición, formada por paneles de lienzos y en la cual experimentaba sobre la tridimención pictórica, hasta “El Peso de mi Sombra”(2002) donde predominan los dibujos y pinturas sobre cartulinas, usando el carboncillo y pastel, ha transcurrido una de las obras más sorprendente y apasionadas de la pintura cubana. Una obra que como toda auténtica revelación del espíritu es febril, obstinada y ajena. Condiciones exacerbadas dentro de una provincia, una provincia de ultramar, donde la crítica y el arte desde hace años han pactado un sospechoso comadreo; es decir, lo que no se digne el avisado ojo en distinguir queda automáticamente en los márgenes del intercambio simbólico.

Julio César Banasco, el pintor de marras, ha sido uno de esos jóvenes maestros ocultos, que han logrado sobrevivir las más cruentas batallas cubanas contra los demonios y hacer una obra inspirada, cuasi mística, a la manera de los clásicos, sin dejarse apenas provocar por las estéticas del arte povera, el instalacionísmo, la performance o el mercado.

Lo sorprendente de su arte es que desde antes de que en la Ínsula descubriéramos que el mundo occidental se debatía en otras narraciones, las de una edad tardo industrial ya un poco agotada con el Arte-Idea, el Techno-Art. y otras manifestaciones visuales, reconsideraba el uso de la techné, valorizando el soporte tradicional y la legitimidad de la originalidad - ahora como relectura de meta relatos, intertextualidades, e incluso visualidades y poéticas personales – Banasco, en el encerramiento contaminante de su estudio- una habitación estrecha y sombría- producía con un sentimiento ajeno al discurrir, autenticando una facturación que Francis Bacon, De Kooning, El Greco, Velásquez, Dalí, Vermeer de Delft y Edgard Munich, sombras todos, manifestaciones de un único hacedor, aprobaban cómplices mientras se paseaban, flotaban, discutiéndose posesiones que nunca llegaban a gozar.

Hace unos años cuando visitaba el Museo Dalí, en San Petersburgo, a unas millas de Tampa, la obra de Julio César Banasco, me movía insistentemente desde la memoria. Trataba de buscar identidades que si existían lo eran más como continuidad. Lo mismo me ha sucedido delante de los originales de cada uno de los restantes fantasmas que habitan sus “malas lecturas retinianas”, con lo cual se derrumba toda suspicia y se levanta la evidencia de que su obra concurre rara y alucinada, y- soy testigo de ello- adorada por la sensibilidad de quienes la consumen, en un espacio teórico que continúa farragoso y marginal defendiendo las sociedades de productores “Le Societé Anonyme”, con un aliento demodé que me recuerda, con alarma, la mecanización de la primera mitad del siglo pasado.

Banasco, no puede ser considerado un “productor”en el sentido estricto del término – incluso en su obra apenas pesa una lectura del mercado, una poética de moda, o un carácter subversivo y de debate social – puesto que vive encerrado en una esfera autónoma.
De hecho su obra es antigua, caprichosa y solitaria; y no envejece porque ha sido construida sobre el atractivo de la trascendentalidad; del mismo modo que un fresco de Michelangelo o una tela del Bosco. La ambición de sus grandes telas, las relecturas de la proyección mística del hombre, su oficio y su dominio, parecen no ser del reino económico de este mundo. Complace verle aplicar la mota y el pincel, esparcir aceite ricino (Aceite de Linaza)-disfrutando ese olor dulzón que algunos hemos olvidado- iluminar

los cuadros a la manera renacentista, plantear con el carboncillo sobre el lienzo, figuras atrapadas, estilizadas, manieristas y luego resolver la obra enfebrecido, corrigiendo, alterando, como si cada una fuese un parto único e irrepetible.
Pintura que luce una extraña elaboración cromática, la frialdad aparente le otorga a sus obras un sentido de congelamiento- a veces violentado por la marca vigorosa del carbón o la proyección matérica- que puede apreciarse

también como una oblicuidad introspectiva. Acaso los valores de un mundo interior, los traumas de la sobrevida, buscan su exorcismo y fecundidad proyectándose hacia la dimensión ambicionada. Romper con la ilusión de la tridimensionalidad, acentuar su existencia y su posibilidad puede parecer aditamento cuando una mano virtuosa, logra con veladuras y claroscuros ese efecto óptico, pero Banasco como el extraordinario Picabia, ha demostrado su oficio para permitirse que esas transgresiones no parezcan impotencias facturativas, sino extroversión de un universo comprimido que busca la explayadura animista fuera del soporte, involucrando con el acto al observador. Obra de elaborado hedonismo que conjuga femineidad y feminidad, que evita la agresión y la estafa, y que atrapa al ojo en su redil antes de proponerle el descubrimiento de otras remotas y personales cosmogonías. Detrás de cada cuadro suyo hay no solo una paleta virtuosa, sino un estudio de la forma y el color; y sobre todo una enarración que juega a construir mitos de un alto valor poético.

Si nos detenemos en algunos de sus títulos vemos que el abrevadero de la Historia del Arte se alimenta de un soterrado y cristalino venero que aún no se consume. Obras como Amalline, La Consagración, El Sueño de América, El Gran Proyecto Histórico, La Última Crucifixión, La Mecánica del Yoísta o El Otro Hijo de Dios- una de las piezas fundamentales de su expo personal “Utopía del Interior” (1996)- no solo lo consagran sino como apunta Jorge Luís Montesino “son parte de un argumento que trabaja hasta la obsesión: la localización de un ideal estético y suprahistórico en los límites de la realización espiritual”

Banasco escribe y visualiza, incluso en “Utopía del Interior” cada obra iba acompañada de un texto, conato de un mismo modulador semiótico, caminos que al bifurcarse eligen una elipsis magnética para provocar un arco de resonancia que los involucra en el mismo y ajeno proceso comunicacional. Por todos los caminos no se llega a la consumación del mismo modo, pero si hay varios caminos de la seda para legitimar el contrabando simbólico. No dudo que se hubiera podido prescindir de uno o de otro, pero ponerlos a dialogar en un espacio, cada uno exergo o coda., bastan para hacer que el espectador se mueva con cautela y aprecie la existencia soterrada de un discurso que se mueve sobre un espejo. ¿Un ready-made? ¿Un work-in-proguess?¿O apenas un acto de prestigiditación testimonial que acusa que en el principio pudo haber sido la palabra o el gesto, o la imagen, o la explosión de la Galaxia iconográfica?

El artista sueña y “produce”-aquí sí se ajusta el término- a la manera de una auténtica y fecunda maternidad, obra hand-made que sacraliza los metarrelatos alterándolos, que sabe que el creador es un constructor de mitos, y que como recordaba Tristán Tzara, no existe una historia, sino muchas, imperceptibles, inéditas, escurridizas, dentro del arsenal occidental. Sobreponerse y manipular “The many tricks of the trade of the Fourth Estate”, y hacerlo desde la periferia, es decir jugando con las reglas de una cultura de resistencia que recibe el bombardeo y la publicitación por canales rígidos, que legitima y margina a partir de una “ilustrada ignorancia”, serán barreras pero “barreras blandas” para un artista que con insistencia, oficio e iluminación, está recreando la crónica fáustica de sus múltiples visitaciones.

Una vez se consuman los estados postnacionales, la provincia volverá a ser centro del mundo y el artista antes de tratar de conquistar Roma, Paris, New York o la Habana, volverá a tratar de poseer un cosmo mínimo, un espacio que termina en las puertas de su atelier; así enfrentando a su propia obra sufrirá las mismas-otras posesiones, la impotencia, el dolor y el gozo de Julio César Banasco, aunque para entonces ya él vaya por el camino de regreso a esa provincia imaginaria, que es el Arte.

Joaquín Badajoz.
Crítico de Arte, escritor.
Miembro de la Academia Americana de la Lengua Española. EE.UU.

Auburndale, 2002.

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